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martes, 15 de marzo de 2016

Mi Calle Arenal, La Malagueta (III)

El amor que sentía de los dos era descomunal, muchas veces me avergonzaba porque mi madre compraba pasteles que me había recomendado el médico y me los tenía que comer ante la mirada de mis hermanos. Para era terrible. Pero también era una suerte tenerlos tan cerca se creó un vínculo que hoy es mucho más fuerte y cariñoso. Recuerdo, como si fuera hoy, que después de llegar tarde del trabajo a casa, en mitad de la noche mi padre se levantaba para prepararme un vaso de leche con un trozo de mantequilla, de los de verdad, con toda su nata y dos cucharas soperas de condensada Nestlé. No le oí nunca llegar a mi cabecera en el cuarto donde dormíamos los tres mayores, pero sentía como unas manos duras, fuertes forjadas por la vida y el trabajo, levantaba mi cabeza y acercándome al vaso que había preparado en la cocina de nuestra casa en calle Arenal, me susurraba muy bajito para que mis hermanos no se despertaran, “ abre la boca hijo y traga despacio...esto te viene muy bien” cuando entre sueños terminaba se volvía a su cuarto para dormir.

Junto a un Seat 1400 la familia Diestro en 1.956 en la calle
Maestranza a la puerta del Garaje Norte.
Koke, Mari Carmen, José María, mamá, Juan Pablo,
papa y Luis.
Cuanto amor y ternura que no sabía medirlo más que con el paso del tiempo. Así noche tras noche, con subidas a la Cuesta de la Reina cuando se podía que no fue siempre. En vacaciones incluso dormía en la casa de José y su familia. Fue una época para soñar, porque creí estar muy cerca del paraíso, un tiempo en que aprendí a dar valor a muchas cosas en la vida y que aun recuerdo como si estuviera de nuevo allí, incluso con los olores que emanaban de aquella casa humilde en lo más alto del puerto del León.

Mi padre, toda una personalidad, junto todos nosotros y la
familia de mi primo Chati, su mujer June y sus hijos.
La foto la tomó mi madre con mi cámara.
Aprendí a limpiar las bestias, dar de comer a mulos, a los pollos, a los cerdos y recoger en cada época del año lo que el campo nos ofrecía. Supe valorar la suerte que tenía y la experiencia que estaba asimilando cada jornada vivida en los montes. Aprendi a mantener el equilibrio en el trillo para trillar, valga la redundancia,  con un tiro de mulos en la parva desgranando el trigo y posteriormente ventearlo para limpiarlo. Esos olores y sensaciones recorren a menudo mi alma y mi cuerpo soltando una especie de relámpago por la felicidad que me dieron de adolescente todas estas personas. 

Antonio Martin recién inaugurada su remodelación y el rellano donde está el
camión Barriros es donde en la actualidad se encuentra el complejo Horizonte.
©Antonio Diestro
Todo en marcha en La Malagueta,  Antonio Martín, los pisos de Canton y
el Hotel Miramar. Aún están los edificios del Ceregumil y Garaje Inglés
Luego, el trigo limpio se almacenaba en el granero para luego preparar su molienda y en el horno de leña cocer el pan. Alguna vez, porque me gustaba montar en los mulos acompañaba a José y su hijo Joseito a Málaga para llevar a las panaderías las podas de buen olivo que servían a los panaderos para encender el horno de leña. De esta forma se ganaban alguna pesetillas y compraban en las tiendas suministros necesarios hasta la próxima bajada a Málaga. Bajábamos a pie cantando junto a los mulos y sibiamos, como cabe esoerar a lomo de las bestias. Toda una aventura que desgajaba en mi mente para soñas como si hubiera descubierto América. 

La verdadera "Cochinita" que desde el Puerto de Málaga se desplazaba a Vélez.
Como fue cambiando su fisonomía y dando cuerpo a un barrio moderno,  pero
que no supo detener el levantamiento de edificios gigantescos privando a todos
de una vista espectacular.
La imagen dice por si sola la aberración urbanística que se comete en un
determinado momento de bonanza en La Malagueta. © Antonio Diestro
Era tan bonito ver los montes y recorrerlos por veredas, o aquellas carreteras y carriles de tierra donde apenas, a finales de los 50´s, circulaban vehículos de tracción. Solo por las noches se escuchaba, junto al canto de los buhos, a los ruidosos jabalís enzarzados en sus peleas, o a los silenciosos zorros escarbando en la basura junto a otros animales nocturnos como los murciélagos e insectos, como los extraordinarios bichitos de luz.

Primer aniversario de mi hermana Rosa con mis padres en la Calle Arenal
Comunión de mi hermana pequeña Rosita en la foto con mi hermanos Luis,
Pablo y Pepe Castrillo. Aparecen a la izquierda los rostros dos de los hermanos Alonso.
Con mi gran amigo Pepe Castrillo en el campo de mi padre en Alhaurín
Aprendí a calcular distancias en el campo por lo ruidos que se producen en la noche, lecciones que luego me han servido de mucho para aplicarlas a mis desplazamiento para efectuar las grabaciones. De vez en cuando, sobre todo en las calurosas noches de verano, contemplábamos la bóveda celestial con millones y millones de estrellas. Sencillamente era impresionante, parecía como si pudieras extender la mano para poder tocar cualquiera de ellas de limpio y diáfano que estaban los cielos. Entonces sin ningún tipo de contaminación y una ciudad menos iluminada que permitía otear el cielo con mucha más profundidad. 
En Viaje de Estudios después de aprobar el ingreso
en la Universidad. Barcelona fue nuestro destino
Siempre se me ocurrían cuentos y lo hablaba en voz alta, mi madre me miraba con atención y cariño susurrando con mucho amor “este niño va camino de ser otro Julio Verne”. Que piropo más castizo, es de tu tierra mamá esa expresión es del norte, pero me encantaba que me escuchara con tanta atención. En el pequeño escenario de lo que era mi joven vida, siempre tenía una oyente: mi madre.

Precioso paisaje del Parque Natural Montes de Málaga en plena primavera.
©Antonio Diestro
Se ven por algún rastrojo la impresionante perdíz destaca en el paisaje.
 ©Antonio Diestro
Las águilas se pueden observar en los Montes de Málaga. ©Antonio Diestro
En las viñas de los Montes. ©Antonio Diestro
Esa tranquilidad en la noche solo se rompía por el estruendo de los motores, era un ruido que me fascinaba y me dejaba como absorto, eran los camiones del pescado que subían por los montes, la Cuesta de la Reina, camino de la capital Madrid para llevar ese producto malagueño “el pescaito” al mercado de Legazpi. Su ruido era muy especial, ruido “de pescateros” y aunque tenían cajas de cambios bastante largas en el desarrollo, sus dobles embragues y el sonido que dejaban salir por el escape me encantaban. Solía bajar corriendo a la curva del puerto León, donde está la tablilla que pone aún 990 metros de altitud, y allí esperar un rato para verlos pasar y escuchar de cerca el ronroneo de su escape.

Barreiro, Ebros y Avia subían los montes con destino Madrid. ©Antonio Diestro
En unos días terminamos un repaso, que aunque no sea interesantes es y ha formado parte de mi vida y la de los míos. Por eso mi calle, el barrio, Málaga y los Montes son tan importantes en mi vida.

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